Quito es más que volcanes

Si bien las montañas de fuego son un atractivo fascinante, digno de recorrer, las calles de la capital ecuatoriana albergan un encanto que se le equipara. En el centro histórico más grande de Latinoamérica aguardan iglesias doradas, miradores impresionantes y montañas sagradas.

En Quito la tierra se mueve cada siglo, el viento sopla con fuerza y las montañas se roban el aliento. Al que va por primera vez, quizá, le cobran algo de valentía, porque no son montañas comunes: son volcanes, y no pocos.

Son tantos que ni los mismos quiteños se ponen de acuerdo. Algunos hablan de 20, otros de 50 y hay quienes se aventuran a decir que hay, por lo menos, unos 100. Los hay activos, pequeños, grandes, dormidos, e incluso hay uno capaz de cubrir el país entero con ceniza si llegase a despertar: el Chalupas. Los hay nevados, como el Cayambe, el Antisana y el Cotopaxi; y hasta los hay históricos, como el Pichincha, donde los independistas lucharon contra los españoles.

Todos tienen ese magnetismo extraño, una mixtura de miedo, respeto e interés que invita a contemplarlos, a visitarlos. Desde todas las direcciones vigilan la capital con sigilo, y al occidente, como una especie de patriarca, el Pichincha los mira, sean cuantos sean. Allí, entre sus dos cumbres (el Rucu Pichincha y el Guagua Pichincha), rodeado de gigantes de fuego que la observan desde lo alto, comenzó la aventura por Quito.

Larga y angosta, la capital ecuatoriana es más que volcanes, muchísimo más. Es, junto con Cracovia y desde 1978, la primera ciudad declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, logro que le debe a su centro histórico, el mayor de Latinoamérica y, actualmente, uno de los más bellos.

Lo anterior porque, a pesar del nombramiento patrimonial, el corazón quiteño estuvo abandonado y en mal estado hasta hace diez años, cuando comenzaron las iniciativas de restauración que hoy lo convierten en uno de los principales atractivos de la ciudad.

Ahora las casonas del centro, colmadas de portones, ventanales y balcones, recuperaron su color pastel. Mientras lee estas líneas están adornadas con flores y banderas. Por las calles empedradas pululan los viajeros ávidos de historia, los comerciantes con sus artesanías, las galerías de arte, los mercados de frutas, los restaurantes de moda… Entre las tejas terracota, como espías, se asoman las torres y las cúpulas, numerosas y monumentales como los volcanes, de los diferentes templos que atraen a los turistas.

La mejor forma de ubicarlos es llegando a la Calle García Moreno, o de las Siete Cruces que, como es de esperar, toma su nombre de las siete iglesias y conventos que en su época se levantaron a sus costados. De estos, hoy quedan tres testimonios: la iglesia de la Compañía, donde arranca el recorrido, la Catedral Metropolitana y la Basílica del Voto Nacional.

De las tres, la más pequeña es la primera. Esto no la hace menos interesante que las otras: por fuera está hecha con piedra volcánica del Pichincha, por dentro, cada pared, cada columna, los altares e incluso las bóvedas del techo están cubiertos con 55 kilos de láminas de pan de oro de 23 quilates, grabado con intrincados entramados moriscos, que hacen que el recinto parezca más una obra de arte que un templo.

Levantado por los jesuitas, cuenta con muchos otros detalles curiosos, como la representación de querubines con facciones indígenas en la cúpula del techo, su conversión a museo —la entrada cuesta US$5— y hasta la presencia de los restos de la primera santa de Ecuador: Marianita de Jesús.

A dos calles de allí está la Catedral Metropolitana, la iglesia más antigua de Quito, construida en 1562 aproximadamente y reconstruida varias veces a lo largo de los años a causa de los terremotos, lo que ha conjugado la presencia de varios estilos arquitectónicos en un solo lugar. Además del cuerpo del mariscal Sucre y del órgano funcional más grande del país, con 1.200 tubos, el recinto es conocido por sus quince cúpulas, a las que se puede subir en un recorrido estrecho, empinado y exigente.

Desde estas, específicamente las dos mayores, se puede apreciar una vista de 360° sobre el Quito antiguo, con la Plaza de la Independencia cubierta de arupos rosados, la basílica y sus torres masivas, adornada con gárgolas que, en vez de animales mitológicos, representan a la fauna local; el Monasterio de las Hermanas Agustinas, la iglesia de San Agustín, La Merced y las tres colinas sagradas que rodean el centro histórico: el Itchimbía, o Templo del Sol Naciente, la loma de San Juan o Huanacauri, donde se adoraba a la luna, y el Yabirak, o Panecillo, donde estaba el Templo del Sol.

Antes de visitarlo, vale la pena regresar unos pasos hasta la Plaza de San Francisco, recién restaurada, literalmente, piedra por piedra. Allí se levantan la iglesia y el convento del mismo nombre, lugares donde funcionaba la escuela quiteña que educó a varios de los artistas más importantes del país, como la familia Salas, Caspicara, Miguel de Santiago y Bernardo de Legarda, creador de la famosa Virgen de Quito.

Desde allí, y a faldas del Panecillo, hay que tomarse un momento para recorrer la calle La Ronda, cuyo trazado, se dice, existe desde antes de la llegada de los españoles, por lo cual es muy tradicional y hoy tiene un aire sevillano, atractivo para artistas, turistas y bohemios.

Como muchas de las calles del Quito histórico, es peatonal y está llena de locales interesantes, como el taller de José Luis Jiménez, que les enseña a los turistas cómo construye sus bargueños, cajas de madera diseñadas para esconder secretos; o el Humacatama, de Luis López, quien se dedica a fabricar sombreros, y la heladería Dulce Placer, que ofrece 600 sabores de helado como el de caca de perro, llamado así por su contextura y preparación de maíz tostado endulzado con panela, la colada morada y el de chocho, un frijol muy rico en calcio de sabor almendrado.

Finalmente, luego de recorrer las casonas de La Ronda es tiempo de visitar el Panecillo, que en reemplazo del Templo del Sol alberga uno de los símbolos más importantes de Quito: la Virgen, del apocalipsis para algunos, inmaculada para otros. Embarazada, alada y erguida sobre un dragón amenazante, la estatua es la representación en aluminio más grande del mundo, está inspirada en la Virgen de Legarda y vigila desde lo alto a la capital ecuatoriana, sobre la que tiene una vista magnífica.

Su expresión, tranquila ante la inminente amenaza de la bestia, representa muy bien la forma de ser de los quiteños, que durante siglos han sabido convivir en armonía con los volcanes. Que la imagen esté dándole la espalda al Pichincha, como si no le preocupara, es la cereza del pastel.

*Invitación de Quito Turismo.

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